Validación interna: el camino a la libertad

Contar con la aprobación y validación de las personas a nuestro alrededor se convierte en algo fundamental a muy temprana edad. Cuando pequeños, dependemos totalmente de nuestros padres y familiares cercanos para nuestra supervivencia, y aprendemos rápidamente a actuar de manera que aseguremos ser queridos, procurados y cuidados. Acabamos siendo la nena de la que papá y mamá se sientan orgullosos, el nene que reciba los halagos de todos.


Conforme crecemos, esa necesidad de ser considerados valiosos se va transformando en la búsqueda de un título profesional o mayor grado académico, premios y reconocimientos en el ámbito laboral, afluencia económica; y somos el blanco perfecto para las campañas mercadológicas que nos prometen ser admirados, exitosos y amados si consumimos una serie de productos que no necesitamos realmente. Buscamos la validación externa e ignoramos nuestra verdadera naturaleza. Vamos enterrando y olvidando nuestros sueños y pasiones. Nos adaptamos a las expectativas de los demás y nos hacemos vulnerables y dependientes del aplauso, tácito o explícito.

Considerar que podemos perder la validación del mundo exterior causa gran ansiedad, y eso es más frecuente que nunca antes, en los tiempos tan inciertos que estamos viviendo, con cambios disruptivos que amenazan todo lo que hemos considerado como la realidad inalterable de nuestro entorno. Las aptitudes y actitudes que ayer eran premiadas y alabadas, hoy no son suficientes, o incluso son inaceptables. Las reglas del juego cambian, sin que entendamos porqué o para qué. Si ciframos nuestra valía en cómo nos ve o califica el mundo, esa ansiedad puede ser devastadora. Depender del exterior para la validación de quiénes somos, nos mantiene fuera de balance. Nos castigamos por lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado. Queremos a toda costa evitar que los eventos dolorosos del pasado se repitan en el futuro. Consecuentemente, estamos viviendo tanto en el pasado como en el futuro y olvidamos el presente. Esto contribuye aún más al desbalance en nuestra vida y al perpetuo estado de ansiedad.

¿Cómo sobrellevar los cambios inherentes al momento histórico que hemos escogido para vivir?

Ante todo, debemos recuperar nuestro espacio interno y su silencio. Aquel que nos permita validarnos a nosotros mismos y saber que no hay nada mal en nosotros, que no hay nada malo en ser quienes somos. Para este fin, el ejercicio para observar constituye una herramienta única. Este ejercicio para observar, que complementa al ejercicio para ansiar, nos lleva en su primera frase a un estado de contemplación o consciencia interna, a lo que hoy se denomina ‘mindfulness’. Estar plenamente en el momento presente reduce el estrés y nos abre a otros niveles de percepción. Podemos conectar entonces con otros aspectos de nosotros mismos y nuestras opciones se potencializan, aumenta nuestra resiliencia y podemos acceder a un estado de certeza. Estamos en un lugar muy diferente a cuando empezamos el ejercicio.

Por su parte, el ejercicio para ansiar nos requiere utilizar palabras resonantes, es decir, palabras que expresan y nos sumergen en una frecuencia emocional elevada. Son las palabras con las que sentimos que nuestro pecho se expande, y que no cabemos dentro de nosotros mismos. Nos damos cuenta que somos mucho más, y que tenemos acceso a otras formas de ser y de ver el mundo. Podemos cambiar, expandir, lo que sabemos o pensamos que somos. Restablecemos los cimientos de lo que consideramos nuestra identidad y podemos recuperar nuestra esencia, nuestra naturaleza verdadera. En ese lugar, en nuestro centro, la validación externa pierde relevancia. Somos sin necesidad de perseguir sueños o condicionamientos ajenos.

Podemos elegir qué actitud tomar frente a los cambios que nos presenta la vida. Podemos escoger vibrar en una frecuencia más elevada. Podemos cambiar, de los pensamientos repetitivos, ciclados que nos atan a viejos patrones, a nuevas formas de vernos a nosotros mismos.


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